
Las fotografías capturan el momento, nos ciegan un rato y miramos a través de un pequeño lente lo que nos rodea. Nos abstraemos. Por un momento dejamos de ser nosotros y pasamos a ser un algo omnipresente. La vida se llena de miles de recuerdos, pero ¿porqué no robar uno ajeno?. Cuando vi esta foto de Simón País, me di cuenta de que ese era un recuerdo que quería para mi, pero que era de otro.
Quizás es porque me gusta tanto Santiago, como a nadie que conozca. Quizás es porqué la luz del sol ya se va ocultando y va a dar paso a una noche de esas largas. Quizás es el cuerpo desnudo y a la vez ajeno al retrato que se deja caer en la cama. Son los tonos amarillentos. Es la contemplación a lo externo, desde la más intima privacidad. El cuerpo y la ciudad. Las montañas del desnudo que se condicen con las formas de los edificios. El valle de su espalda y la plaza del frente. Mirar sin querer ser mirado y de repente un intruso que se roba el momento.
Cada foto es un mundo, el mundo que vemos o el mundo que coloreamos a mano para poder ver como queremos. ¿Quién es mejor fotógrafo? El que captura o el que crea una nueva realidad y hace que los objetos comiencen a parecernos mágicos; que las luces nos cieguen, que los colores cambien y se vuelvan irreales.
Me gustaría haber estado tendida en esa cama, haber mirado impúdicamente la ciudad...
